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lunes, 7 de abril de 2008

Me Marcho Lejos

Rafael Cánepa Alvarez

Historia de un Mal Amor
Las ansias de amar se habían apagado de repente. Los sentimientos que en un tiempo, no mayor a dos horas, ardían en el interior de su corazón, se habían extinguido. El estar puntualmente a las ocho en la puerta de la joven, había dejado de tener sentido para él. Lo único que en ese momento tenía significado era el vaso del dorado y espumeante elixir al que la mayoría de personas conocen con el común nombre de cerveza.

El joven, de nombre Miguel, inspiraba compasión, pues la forma en la que tomaba su cabeza, la manera en la que el llanto inundaba su persona, el modo en el que se transmitía su pena, mezclada con odio y confusión, hacían pensar que el mal del que sufría no podía ser contrarrestado.

Sentado al borde de una pequeña mesa, despeinado luego de haber caminado a través del viento por una hora, con un terno totalmente sucio, como si hubiera regresado de una batalla campal, con el rostro que no reflejaba ni la mitad de una sonrisa, con un aspecto que lo pondría al nivel más de un animal que el de un ser humano, el muchacho solo pensaba en la traición de la había sido víctima más o menos una hora y media antes de estar posado en la silla de aquella cantina, que hablaba de tristeza tan solo con mirar el aspecto penoso en el que se encontraba.

Había descubierto a su amada, a la que él consideraba el sol que lo despertaba, a la que él tomaba por la mañana de navidad que tanto le gustaba, la mujer en la que él había depositado más de un sentimiento, tomando la mano, abrazando el cuello, besando los labios del que el consideraba su mejor amigo, su compañero, su, como se dice en un léxico de barrio, “uña y mugre”.

Iba con un ramo de las más hermosas rosas, las más bellas que había podido conseguir, a casa de Rosa, la fémina a la que él veneraba. Ese día había amanecido de muy buen humor. Miguel sentía como el amor corría por sus venas, como si el corazón le impulsara a andar y la vida a ser feliz. Pero las cartas que el destino utiliza muchas veces no son las que uno porta. Las decisiones que el hado toma no son siempre las que uno determina. Al momento de doblar la esquina en la entraría a la recta final, para llegar a la casa de la joven, encontróse Miguel con una escena paralizante. Alejandro, su “pata del alma”, o por lo menos al que él consideraba el mejor de sus amigos, besaba apasionadamente a una Rosa que, por lo visto estaba llena de espinas.

El pobre hombre pensó que el mundo tan resplandeciente con el que había soñado, no solo se desmoronaba, sino que quedaba anegado en las tinieblas, como si todo lo que el creía hermoso y fértil, se convirtiera en un instante en algo horrible, marchito. Como si todo lo puro, fuera sucio, corrompido.

Ante esta despreciable escena, Miguel ni siquiera atinó a hablar, ni siquiera trató de pedir explicaciones. Solo, y hasta ahora no sabe porqué, lanzó el ramo de rosas que cargaba a un lado y sin siquiera articular palabras, giró sobre sus talones, y empezó a caminar maquinalmente sin rumbo fijo, sin voltear, tratando de no escuchar los gritos de los traidores, que al verse sorprendidos, empezaron a excusarse sin sentido.

En vano Alejandro lo persiguió hablándole, pidiéndole perdón, Miguel no escuchaba; en vano Rosa gritó su nombre hasta que su voz se pierda en el horizonte, pues Miguel nunca volteó a ver su pérfido rostro.

No quería ver a nadie. No quería escuchar nada de nadie. No quería sentir nada de nadie. Lo único que quería saber era que debía llegar a la cantina en la que siempre que estaba deprimido bebía hasta quedarse en las manos de Morfeo, donde bebía hasta encontrar la placentera pero breve muerte, que tiene por nombre sueño.

Llegó por fin, al lugar donde siempre sepultaba sus emociones. Se llamaba “La Cajamarquina”. Era una esas cantinas legendarias, en la cual se encuentran diversos tipos de personas, desde borrachos sinvergüenzas, hasta elegantes dipsómanos, desde felices bebedores, hasta tristes y opacados ebrios.

Las paredes del sitio estaban, recubiertas de una desagradable pintura verde, además de cuadros en los que se veían por un lado a los rockeros más famosos de Liverpool, “The Beatles”, por otro a venerado Chacalón, y más al fondo a esas modelos que los prosélitos de Baco consideran alcanzables en sus momentos de locura post-trago.

Al ingresar, Miguel solo hizo una señal de dos con las manos. El cantinero ya sabía cuál era el significado de aquellos dedos: “dos doradas bien helenas”, como solía pedirlas el muchacho.

Atendió pues, el buen hombre, la silenciosa orden, y dándole un vaso, se contentó con seguir con sus labores mientras Miguel introducía la bebida, apagando no solo su sed biológica, sino su rabia, su odio, sus sentimientos de venganza y sobretodo, su amor por Rosa.

Después de más de tres horas de ingerir repetidamente la cebada con alcohol, cayó la cabeza del chico sobre sus brazos apoyados en la mesa, y quedándose dormido, no despegó los ojos hasta que una de las manos del hombre que le había atendido, lo golpeara suavemente y le dijera: “Hijo, va a ser mejor que te vayas, ya es bastante tarde”.

Miguel asintió con un gesto peculiar, y poniéndose de pie, sonrió al cantinero, abrió su billetera y canceló la cuenta. Luego, empezó a caminar, a pesar del temblor que tenía en las piernas, rápidamente. Ya en la puerta de la cantina, miró primero al suelo unos cuantos segundos. Posteriormente, miró hacia la luna que estaba en un su cuarto menguante y le dijo: “Quizás sea mejor que tú seas mi amante”. Y riendo, echóse a andar por toda la oscura noche que lo envolvió minutos después en sus algunas veces tenebrosos pero tantas otras, acogedores brazos.


Me Marcho Lejos

Piensas que será muy fácil si te vas llorando,
Tú que me conoces debes convencerme así,
Quiero que te enteres pronto que seguir jugando,
Es algo que nunca más conseguirás en mí,
Se que me engañaste un día con aquel amigo,
Se por lo demás que andabas siempre por ahí,
Tu que me dejaste, tu que me engallaste, tu que me humillaste, quieres que te diga vuelve solo por que si. Me marcho lejos la distancia es mi destino
Si solamente mi destino puede hablar,
Me marcho lejos y quizás en mi camino,
Otras manos otro amor podré encontrar,
Me marcho lejos aunque se que soy cobarde,
Te tengo miedo y es la única razón,
Que de perderte no me importa tu lo sabes
Dejo todo vete sola y con tu amor piensas que será muy fácil si te vas llorando,
Tú que me conoces debes convencerme así,
Quiero que te enteres pronto que seguir jugando,
Es algo que nunca más conseguirás en mi,
Era mi mejor amigo y eso tu lo sabias
Poco te importaba entonces reírte de mi,
Besos en la noche, risas en la tarde, llanto en la mañana,
Yo no se como te atreves volver a mi. Me marcho lejos la distancia es mi destino si solamente mi destino puede hablar, me marcho lejos y quizás en mi camino, otras manos otro amor podré encontrar, me marcho lejos aunque se que soy cobarde, te tengo miedo y es la única razón, que de perderte no me importa tu lo sabes dejo todo vete sola y con tu amor

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