Caminando entre las viejas y nuevas cantinas en pleno óvalo de Puente Piedra. Cerca a ese By Pass al que se tiene que ir sin dinero en las noches porque igualito sales sin dinero. Hace algunas semanas abrieron una de esas tabernas con perfil y futuro de “malamuerte”, “siete puñaladas” o “tu último trago”. Cuando llegué no me pareció tan malamuertero pero sí peligroso a las altas horas de la noche. No estoy seguro si ese era el nombre pero una pequeña pizarrita negra con letras blancas cuneiformes me recibió diciendo: se venden chelas eladas (así, sin “h”).
Aquel local de diez por tres (metros) cuyo nombre aún es desconocido (creo que hasta por el dueño que también es desconocido) carecía de piso, simplemente era tierra húmeda y dura. Habían once personas bailando (o al menos tratando ya que no se podían parar mucho en ese manifiesto estado etílico), seis mesas y al menos quince sillas de madera. Al fondo estaba el “barman” (ajustando la palabra claro está, ya que los barman al menos estudian medio año para preparar y/o inventar exóticos brebajes parea beodos finos y el tipo no tenia en mente otro trago que no sea una simplona chela helada) después de una gran tabla que separaba su espacio. El “barman” era un señor de cuya barriga era prominente, tenia una playera azul muy sucia, una barba de una semana y a cada momento se rascaba las pelotas sin remordimiento alguno por las señoritas que estaban a su alrededor A él no le importaba, igualito se las rascaba.
El sonido era ensordecedor a pesar que un pequeño equipo National con casetera incluida y dos pequeños parlantes amenizaban a los 4 señores, ya delirantes de esos tragos transparentes con olor a gasolineria, y 6 señoritas de cortas vestimentas que bailaban en el centro de las mesas con dichos señores que al parecer no les había llegado la noticia de que en pocos años se acabará el agua potable y no perdían el tiempo para hidratarse cuantas veces se permitan.
A eso de las dos o tres de la mañana (no recuerdo bien dado que también me intoxiqué de ese licor embriagador que te hace soñar con gatitos y no sé porque), cuando algunos taxistas venían y se llevaban a esas muy alegres señoritas de cortas vestimentas, es decir putas baratas que habrán arrasado con ese bar en plena apertura -según mis embriagados informantes- y quien sabe cuantos bares más y cuantas veces habrán aparecido en la portada de El Chino o en las malcriadas del Trome –según mi sobrio estado visionario-, que a las justas podían mantenerse en equilibrio. Había un señor que se entristecía sin motivo alguno aparente. Algunos de sus amigos le hablaban en un lenguaje que después me di cuenta de que era español (tal vez quechua con esperanto). Luego me acerqué dado que el trago me estaba dando más valor que ser inmortal, y escuché en el relato de aquel señor de ojos llorosos (tal vez cincuentañero) que la señora (esposa) de dicho señor lo había abandonado por alguien más joven y sin experiencia en tocamientos femeninos y que tendrán mala suerte. O bueno, en verdad dijo: esa perra me engañó con ese huevón pajarofrutero, ya se jodieron carajo. Luego el señor alzó su vaso lo tiró fuertemente al piso. El “barman” muy cortésmente lo mandó a la mierda y el señor lloroso lo calmó diciendo que lo apunte en su cuenta.
El señor Pancho, o Don Pancho o simplemente Pancho como lo conocen en aquella taberna en el ombligo de Puente Piedra (no sé si exactamente eso sea un halago para aquel concurrido bar) ya iba por su onceava jarrita del licor transparente que nunca supe su nombre (aunque creo que no lo tenia) pero eso no era motivo para prohibirse de remembranzas y melancolías que reflejaba su rostro cadavérico, sus ojos llorosos y su hedor ya pulido por la transpiración y el traguito transparente carente de nombre y de cuya composición no quisiera saber.
Pancho tenía un futuro prometedor como comerciante, según contaba, vendía libros en Amazonas y el negocio le iba muy bien. Era (es) un tipo muy leído. A pesar de que tenía ideas comunistas era muy inteligente. Tenia una casa en Breña de dos pisos, color celeste y un local al costado al cual lo alquilaba a unos jóvenes que hicieron cabinas de internet en dicho lugar. Pancho vivía cerca al “Sapo de Oro”. Lugar a cual el acostumbraba ir los fines de semana con sus amigos. Cerca de su casa vivía Silvana, la que fue su esposa por ocho años. Pancho dejó de ir a vender sus libros en su humilde puestito en Amazonas ya que quería estar más tiempo con su esposa. Aún así Silvana se lograba dar sus escapadas sin decir nada a Pancho y le hacía sufrir de celos. Pero no podía amargarse con ella, Pancho la amaba demasiado.
Cuando Don Pancho se enteró que su mujer le sacaba la vuelta trató de esquivar los rumores y dribliear las calumnias replicadas de sus amigos. Se cegó totalmente y se peleó con medio mundo por ello. Cuando Silvana se fue de su casa dejó una nota: se había ido con un chico que conoció hace unas semanas. Pancho quedó destrozado. Dejó su trabajo (totalmente), negocios y amigos y se refugió en la bebida desde ese día. Él trata de olvidarla pero no puede. Aunque ya hayan pasado más de veinte años.
Mientras hablaba y contaba su historia el mozo le trajo otra jarrita. Entonces ya habían parado de poner tanta música alegre y hace rato que estaban en una atmósfera de boleros cantineros cortavenas. Pancho se sirvió y pasó la jarrita a sus amigos y tomó su trago de un solo sorbo. Entonces con sus amigos cantaron a gritos y sonidos guturales la canción que estaba sonando en la pequeña radio National del setentaidos: Cuando Pienso en Ti de José Feliciano, permitiéndose una que otra lagrimilla furtiva.
¿QUIÉN PUEDE SER EL TUTOR DE ESTE CICLO?
domingo, 6 de abril de 2008
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