¿QUIÉN PUEDE SER EL TUTOR DE ESTE CICLO?

lunes, 7 de abril de 2008

Una pena que se lleva en el alma...

Canción

Te engañaron corazónpor ser honradole entregastetu querera un ser malvadote juraronque te amaban locamentey hoy te dicen no te quiero simplemente.Ya no sufras corazón busca el olvido con el tiempolo hallarás no estás perdido ya verás que olvidarás
lo que has sufrido y al final sé que reirás corazón mío.Ya no sufras corazón busca el olvido con el tiempo lo hallarás no estás perdido ya verás que olvidarásl o que has sufrido y al final sé que reirás corazón mío.

cronica:
Su pecho estaba inflamado de alegría, sus sonrisas eran las más bellamente largas de su vida, sus palabras expresaban la dicha de las que pocas veces gozan los seres humanos, todo su cuerpo estaba bañado por una palabra: Felicidad.

Y es que José Hernández, en menos de media hora, tomaría por esposa a la mujer con la cual perdía el sueño, Laura, y no su corazón estaba a punto de estallar de la emoción.

Se había preparado más de medio año para el gran día. Había ensayado desde esos valses tan conocidos que se tocan en los matrimonios, hasta la forma en la que cortaría el pastel, no quería que nada salga mal. Era el día de su boda. El día más importante de su vida.

Hundido en sus alegres fantasías, José fue recogido por su hermano, que lo llevaría a la pequeña iglesia que estaba a cuatro cuadras exactas de la casa de la novia.

Conversando y conversando, llegaron al templo. El flamante novio bajó de su automóvil y penetró en el hogar de Dios. La gente comenzó a aplaudir. Todo parecía un sueño. La blancura de los manteles en el sacro altar, el perfume que despedía las rosas escogidas para adornar el sacramento, incluso las familias de los novios estaban radiantes.

El hombre llegó al lugar que le correspondía y esperó de pie. Esperó una hora. Esperó do horas. Laura no llegaba. Fue cuando José comenzó a impacientarse. Al principio, solo pensaba en lo retrasada que estaba la novia. Luego, pensó que a la joven podría haberle pasado algún accidente. Cuando ya estaba a punto de salir de la iglesia para buscar a Laura, una pequeña doncella penetró en la instancia y sacó una carta de su bolso. Acercose al novio y tendiéndosela, salió del lugar sin más.

José al abrir el sobre, desplegar el papel y repasar las líneas escritas en ella, cambió de color, desde rojo primero, azul en segundo lugar y finalmente a un amarillo verdoso que le daba aspecto de enfermo. Luego de este suceso, saló de la iglesia entre las confusas y asustadas miradas de los presentes.


No podía creerlo. Laura, la luz de sus ojos, no podía haber escrito esa carta. Caminó y caminó hasta llegar al lugar donde vivía la joven. Y fue cuando se dio cuenta de lo dura que podía llegar a ser la realidad. La mujer que supuestamente lo amaba, y estaba dispuesta a compartir el resto de su vida, tomaba de la mano a un hombre, que José pudo identificar, como el jefe de la joven.

Con la carta aún en la mano, el novio plantado se acerco a su traicionera novia y le increpó su actitud. Laura se asombró al verlo, pero después de unos segundos de doloroso silencio sonrió malignamente y dijo: “Lo siento Pepe. Yo ya no te amo. Amo a Lucho (que así se llamaba el jefe de la chica), y estoy dispuesta a dejar todo por él. De veras lo siento”.

Esas palabras calaron hondo en el corazón de José. Después de esa demostración de desinterés, de desamor, el joven no sabía si golpear a la cruel mujer, o al nefasto hombre. Solo atinó a sonreír, a pesar de que era conciente de que algunas lágrimas querían salirse de las cuencas de sus ojos, y echándose a andar dejo a la pareja que había hecho de su dicha, un infierno.
Caminó entonces José, caminó como nunca había caminado, caminó sin rumbo definido. Caminó por caminar.

Cuando estuvo lo suficientemente cansado, regresó a casa, se sirvió un trago del vino que estaba preparado para lo que sería la fiesta de su fallido matrimonio, y se sentó en la silla perezosa que tanto le gustaba. Prendió su radio, y a su corazón llegó profundamente un bolero de los tantos que le gustaban. Tomó y tomó, lloró y lloró, pensó en Laura, pensó en ella, pensó en su traición, pensó en los momentos felices, cuando se conocieron, como llegaron a ser enamorados, como él pidió la mano de la joven, y finalmente se preguntó porque pensaba en esas cosas, llegando a la conclusión de que siempre, al final, se piensa en el principio y en los momentos felices.

Fue este suceso, el que cambió la vida que hasta el momento, José llevaba, pues el joven empezó a ingerir alcohol hasta más no poder, pues tomaba incluso después de que su cuerpo le dijera basta, bebía así no quisiera, porque, como decía él: “No se sabe cuando ya no puedas tomar, así que aprovechemos ahora que todavía se puede”.

Se hizo un borracho empedernido, pues la mañana era para tomar, la tarde para descansar y la noche, para tomar hasta la mañana, y hubiera seguido así, si no hubiera sido por Aurelia, su actual esposa, que como cuenta José lo salvó del alcoholismo con sus oraciones y con el santo del palo, que golpeaba su cabeza cada vez que se atrevía a llegar ebrio a casa.

Ahora, con los años ya ha cuestas, pero con una invencible voluntad, de la que los jóvenes de ahora estarían celosos, José recuerda ese pasaje de su vida como el más oscuro de su existencia. Sabe que es algo que pasó hace muchos años y que no debería afectar su vida actual, pero amores que hieren, nuca se olvidan, pues hace heridas y dejan profundas cicatrices en las personas que son castigadas con ellos.

Y es que como narra José, el sigue tomando, aunque a escondidas de su esposa, recordando siempre que bebe a la graciosa pero mala mujer que le jugó la travesura más dañina que jamás le han jugado: la de la traición de un amor. Todavía existen noches en las que cuando toma, las lágrimas caen de sus cansados y tristes pardos ojos, y vuelven a su cabeza los momentos en los Laura lo amaba, los momentos en los que el amaba a Laura, la mujer que más quiso en toda su larga, difícil y amarga vida.



anguie almonacid burga

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