¿QUIÉN PUEDE SER EL TUTOR DE ESTE CICLO?

lunes, 7 de abril de 2008

COPA ROTA

José Feliciano
La copa rota

Aturdido y abrumado, por la duda de los celos
Se ve triste en la cantina a un bohemio ya sin fe
Con los nervios destrozados y llorando sin remedio
Como un loco atormentado por la ingrata que se fue.

Se ve siempre acompañado del mejor de los amigos
Que le acompaña y le dice ya esta bueno de licor,
Nada remedia con llanto, nada remedia con vino
Al contrario, la recuerda mucho más tu corazón.

Una noche como un loco, mordió la copa de vino
Y le hizo un cortante filo, que su boca destrozó
Y la sangre que brotaba, confundiose con el vino
Y en la cantina este grito a todos estremeció.

No se apure compañero si me destrozo la boca
No se apure que es que quiero con el filo de esta copa
Borrar la huella de un beso, traicionero que me dio.

Mozo, sírveme, la copa rota
Sírveme que me destroza, esta fiebre de obsesión.
Mozo, sírvame, la copa rota
Quiero sangrar gota a gota, el veneno de su amor.
Mozo, sírveme, la copa rota…























Pensando aún en la visión de aquella noche Edgar se dirigió, como cada vez que la veía en el mundo de los sueños, a la cantina del barrio. Cada uno de sus pasos era seguido por un recuerdo, cargado de nostalgia; esa nostalgia que primero le llenaba el corazón de buenos momentos y luego se convirtió en una amarga cicuta para su alma.
Allí sentado en la mesa de siempre estaba Carlos, el amigo fiel e inseparable, aquel que estuvo con el desde niño en las buenas y en las malas, siempre pendiente de el, lo suficiente incluso para levantarse pasada la medianoche e ir una vez más a consolar a su amigo.
Aquél lugar oscuro, saturado con el humo de varios cigarrillos y ese olor que caracteriza a las cantinas de barrio, sería mudo testigo de los acontecimientos. Y es que este último sueño cual vorágine de sentimientos había dejado una huella especial en Edgar; quien aún no comprendía como cada vez que pensaba que ya la había olvidado, después de tantos meses, despertaba aún más deprimido e iracundo, después de verla en sueños olvidando sus promesas y desechando su amor.
Ese amor que le había hecho dejar tantas cosas inconclusas, ganarse tantas enemistades con su familia y descuidarse hasta de sí mismo; ahora era causal de todas sus desdichas y quebrantos; arrepentirse ahora era inútil; así como también resultaban ya inútiles las justificaciones.
A esas alturas Carlos ya estaba más que preocupado, pues los meses pasaban y las “saliditas” a la cantina aumentaban en frecuencia y duración; y Edgar bebía cada vez más, y eran cada vez mayores su tristeza y abandono.
Resultaba evidente que Edgar había encontrado un refugio para sus penas en aquel sombrío lugar, y sobre todo en la bebida. Sus víctimas de cada noche eran el ron, la cerveza y el vino; compañeros inseparables de aquellos tristes mortales que creen poder volver a unir las grietas de su corazón ahogándose en licor.
Aquella era una noche especial para Edgar pues como ya era de madrugada se cumpliría un año más con ella; y cada vez que este pensamiento asaltaba su mente, abruptamente cogía la botella de vino que tenía sobre la mesa y se servía hasta el borde dejando atónito a Carlos.
Su apariencia tranquila, apacible y noble; no habría hecho sospechar a quienes lo conocían que reaccionaría de forma violenta, incluso ante la situación más apremiante; pero ese día en que se cumplía una aniversario frustrado meses atrás, estaría cargado de sorpresas; y es que de pronto Edgar cogió el vaso y fue tanta su impotencia y tanta su ira que lo apretó fuerte hasta romperlo, imaginando quizá que de ella se trataba.
Todos quedaron sorprendidos y alarmados. El hombre gordo de la barra que sólo entregaba las botellas y que ni se inmutaba ante el más terrible de los llantos, acostumbrado ya a tantas historias de decepción, de amor y de muerte; se percató del hecho y acudió a socorrer con un trapo viejo y sucio a Edgar, quien sangraba; pues se había cortado la palma.
Carlos era otro que trataba inútilmente de tomar la mano de su amigo y envolverla en su pañuelo; pero éste embargado por una furia incontrolable no dejaba que nadie lo tocara y decía con esas palabras que le salían del alma cada vez que hablaba de ella: “Déjenme sangrar, déjenme llorar, quiero borrar todas las huellas que esa ingrata dejó en mi ser”.
Repentinamente fue hacia la barra, cogió otra botella de ese Queirolo tinto que tanto le gustaba; y pretendiendo servirse en ese vaso casi partido por la mitad y con el filo destrozado, rompió a llorar.
Fue precisamente esto último, sumado al hecho de que para quitarle el vaso, más de uno tuvo que hacer denodados esfuerzos para convencerlo; que esa noche quedaría grabada en la memoria colectiva del barrio de Edgar; y es que hasta hoy en día la gente de su barrio lo suele relacionar con estos hechos como si hubiesen ocurrido ayer, pese a que transcurrieron ya varios años.
La reacción violenta e iracunda de Edgar fue quizá la primera señal de emoción que mostraba en mucho tiempo, pues todos ya se habían acostumbrado al muchacho triste, lánguido, meditabundo y callado; que se levantaba y no hablaba con nadie, que se iba a la universidad donde poco o nada socializaba, que regresaba tarde a casa para no hablar con nadie una vez más; aquel que iba corriendo a la cantina del barrio a encontrarse con su amigo incondicional, Carlitos, quien era el único con el que hablaba.
A veces las personas guardan para sí mucho tiempo sus penas, sus frustraciones, su ira; corriendo el riesgo de que un día se rebalse el vaso de la tolerancia, tal como le ocurrió a Edgar, quien abrumado por la pena y la vergüenza por lo ocurrido, tomaría una drástica decisión a partir de ese día. Y es que no solo al percatarse de la preocupación, a la cual ya estaba habituado, de quienes lo conocían; sino también debido al cansancio que trae consigo la dejadez y el estar tanto tiempo triste; es que decidió no volver a esa cantina, de la que ya formaba parte.
No se sabe a ciencia cierta que es lo que cambió el rumbo de las cosas en la vida de Edgar; pero lo que si se sabe es que a veces en el momento menos esperado un solo hecho, una sola palabra, una situación específica le pueden dar a un hombre la fuerza suficiente para tomar una decisión capaz de cambiar incluso su vida entera; porque si no entonces a pesar de los giros que tiene la vida y cada situación que se nos presenta; no cambiaría nada, y por cada cosa negativa, cada mal recuerdo, cada traición; la vida se convertiría en un camino cuesta abajo del que no se puede salir con facilidad, cosa que felizmente no ocurrió con Edgar, quien eligió volver a empezar a vivir.

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