POR: Jackeline Solis
Días atrás, David dejó su hogar. Aunque ya lo había hecho dos o tres veces, ahora intuye que es la definitiva. Que ya no volverá; que instalado en su nueva y pequeña casa con escasos muebles, comienza realmente a vivir la vida del separado, esa de renovada soltería, en la que al principio la cama vuelve a ser tan, pero tan, grande.
Era su mejor amigo y aún así ella durmió con él, como perdonarla, como poder vivir con ella bien otra vez; eran los pensamientos que rondaban una y otra vez la mente de David, quien no sabe ahora que será de su vida, que hará ahora que está solo.
A diario se topaba con muchos separados y separadas. Amigos, conocidos, cercanos por casualidad, colegas del trabajo, padres de compañeros de sus hijos. Algunos de ellos ya reincidieron en el emparejamiento, otros van en camino y pocos continúan disfrutando de las bondades y carencias de la soledad posteriores a la ruptura matrimonial, con sus gotas contradictorias de angustia y alivio.
Con varios de ellos ha conversado sobre el significado de ser y estar separado, lo suficiente para escribir con algo de idea. Por lo demás, no es difícil ponerse en el pellejo del separado que toma la decisión de cambiar el rumbo. Razones hay muchas, luego de un tiempo de estar casado, para sentir (hombre o mujer) alguna vez ese deseo profundo de mandar todo al diablo, de hacerle la cruz a la promesa del “hasta que la muerte nos separe”.
Casi siempre al candidato a separado lo agobia una relación de pareja deteriorada hasta en los gestos, con un otro que ya no es el mismo de antes; ese individuo simpático que, con sonrisa muy tierna, aceptaba sin chistar de su pareja mañas y formas de pensar muy distintas a las suyas. Por eso, a veces, la separación llega inevitable, transformándose en una suerte de liberación que a algunos les permite reencontrarse con el sí mismo fuertemente postergado durante una relación insatisfactoria.
El amigo de su amigo opinó que como cada vez se cuentan más mujeres trabajadoras, ganando su platita, ellas no se hacen tanto drama cuando el marido anuncia, con tono de fin de mundo, que se va. A lo que David agrega que eso mismo sirve a los hombres para dejar la casa con menos remordimiento. El drama es para aquellas parejas que deben continuar juntas al no existir esa independencia. También está el que “gorrea” de lo lindo al otro, y que pese a calificar para la separación, prefieren continuar en la comodidad de la vida en “familia”.
Para David la conclusión fué bastante simple: al final de cuentas, esa persona con la que terminamos en la iglesia y luego compartiendo techo y familia, pudo, perfectamente, ser cualquiera otra si la casualidad del primer encuentro hubiese sido diferente entre tantas posibilidades donde fijar la mirada. No es que David trate de ser negativo, pues muchas parejas tienen la buena fortuna de acumular años y años de felicidad, con los habituales altos y bajos como se dice, validando ese amor a primera vista, escrito, el uno para el otro, antes de que se conocieran.
Pero a los que no, les pasa que sumidos en el encandilamiento inicial terminan por aceptar como definitivo ese particular destino, jurando que estarán muy juntos toda la vida, que siempre dormirán muy abrazaditos haciendo arrumacos, que entre más chica la cama, mejor, cosa que con el transcurrir de los años puede acabar en golpes, para sorpresa de todos que creían ver en ellos a la pareja “ideal”.
Pero volviendo a la historia David. Su caso es el más típico. Es decir, fue el hombre el que se fue de la casa, generalmente por las noches. Tras una discusión con su esposa, agarró la maleta, bolso o mochila, o todas las anteriores, y partió en busca de asilo en un hotel o donde un amigo, sólo por unos días hasta que encontrara un cuarto o casa chica en alquiler, no muy cara porque desde ese momento hay que comenzar a estirar el presupuesto.
Lo opuesto es poco usual en nuestro Perú. Pero igual algunas mujeres eligieron esa opción, aun a riesgo de soportar el estigma social de “mala madre”, el que no sufre, al menos con la misma intensidad, el “mal padre”. Porque en todo este asunto los hijos son un punto principal. Si no hay, qué problema. Todo bien. Ahora, si sí, la cuestión es muy distinta. Ninguno de los dos quiere dañarlos, pero el hecho mismo de la separación causa en ellos un terremoto emocional para el cual no están preparados.
Es fácil deducir que la mayoría de las separaciones no son armoniosas, sobre todo si el motivo de la ruptura es la infidelidad. Muy pocas se dan en buenos términos, aquellas en que los padres intentan transmitir el mensaje de que si bien papá y mamá están alejados, siguen siendo amigos y llevándose bien; que no será necesario llegar a tribunales para acordar, en una patética audiencia, visitas y pensión alimenticia. Bien si resulta, pero esa buena onda se puede ir gastando con el paso del tiempo por diferentes roces, ya sea porque los hijos no están siendo educados por la madre o el padre como quiere el padre o la madre que no está en la casa; o bien por la influencia que comienza a ejercer la nueva pareja de la mamá o el papá.
Aquellos que como David deciden introducirse nuevamente en el amor, notan con más fuerza el cambio; pues no es fácil estrenar en público así como así a la nueva pareja, mirada por la o el ex con recelo teñido de odio, y más todavía por los hijos, que descargan en ella las culpas de todo lo que pasó.
Pero todo esto poco o nada le importó a David pues según su lógica, fue ella quien lo engañó y lo hizo sufrir, y es el quien merece ser feliz con un nuevo amor sincero.
Era su mejor amigo y aún así ella durmió con él, como perdonarla, como poder vivir con ella bien otra vez; eran los pensamientos que rondaban una y otra vez la mente de David, quien no sabe ahora que será de su vida, que hará ahora que está solo.
A diario se topaba con muchos separados y separadas. Amigos, conocidos, cercanos por casualidad, colegas del trabajo, padres de compañeros de sus hijos. Algunos de ellos ya reincidieron en el emparejamiento, otros van en camino y pocos continúan disfrutando de las bondades y carencias de la soledad posteriores a la ruptura matrimonial, con sus gotas contradictorias de angustia y alivio.
Con varios de ellos ha conversado sobre el significado de ser y estar separado, lo suficiente para escribir con algo de idea. Por lo demás, no es difícil ponerse en el pellejo del separado que toma la decisión de cambiar el rumbo. Razones hay muchas, luego de un tiempo de estar casado, para sentir (hombre o mujer) alguna vez ese deseo profundo de mandar todo al diablo, de hacerle la cruz a la promesa del “hasta que la muerte nos separe”.
Casi siempre al candidato a separado lo agobia una relación de pareja deteriorada hasta en los gestos, con un otro que ya no es el mismo de antes; ese individuo simpático que, con sonrisa muy tierna, aceptaba sin chistar de su pareja mañas y formas de pensar muy distintas a las suyas. Por eso, a veces, la separación llega inevitable, transformándose en una suerte de liberación que a algunos les permite reencontrarse con el sí mismo fuertemente postergado durante una relación insatisfactoria.
El amigo de su amigo opinó que como cada vez se cuentan más mujeres trabajadoras, ganando su platita, ellas no se hacen tanto drama cuando el marido anuncia, con tono de fin de mundo, que se va. A lo que David agrega que eso mismo sirve a los hombres para dejar la casa con menos remordimiento. El drama es para aquellas parejas que deben continuar juntas al no existir esa independencia. También está el que “gorrea” de lo lindo al otro, y que pese a calificar para la separación, prefieren continuar en la comodidad de la vida en “familia”.
Para David la conclusión fué bastante simple: al final de cuentas, esa persona con la que terminamos en la iglesia y luego compartiendo techo y familia, pudo, perfectamente, ser cualquiera otra si la casualidad del primer encuentro hubiese sido diferente entre tantas posibilidades donde fijar la mirada. No es que David trate de ser negativo, pues muchas parejas tienen la buena fortuna de acumular años y años de felicidad, con los habituales altos y bajos como se dice, validando ese amor a primera vista, escrito, el uno para el otro, antes de que se conocieran.
Pero a los que no, les pasa que sumidos en el encandilamiento inicial terminan por aceptar como definitivo ese particular destino, jurando que estarán muy juntos toda la vida, que siempre dormirán muy abrazaditos haciendo arrumacos, que entre más chica la cama, mejor, cosa que con el transcurrir de los años puede acabar en golpes, para sorpresa de todos que creían ver en ellos a la pareja “ideal”.
Pero volviendo a la historia David. Su caso es el más típico. Es decir, fue el hombre el que se fue de la casa, generalmente por las noches. Tras una discusión con su esposa, agarró la maleta, bolso o mochila, o todas las anteriores, y partió en busca de asilo en un hotel o donde un amigo, sólo por unos días hasta que encontrara un cuarto o casa chica en alquiler, no muy cara porque desde ese momento hay que comenzar a estirar el presupuesto.
Lo opuesto es poco usual en nuestro Perú. Pero igual algunas mujeres eligieron esa opción, aun a riesgo de soportar el estigma social de “mala madre”, el que no sufre, al menos con la misma intensidad, el “mal padre”. Porque en todo este asunto los hijos son un punto principal. Si no hay, qué problema. Todo bien. Ahora, si sí, la cuestión es muy distinta. Ninguno de los dos quiere dañarlos, pero el hecho mismo de la separación causa en ellos un terremoto emocional para el cual no están preparados.
Es fácil deducir que la mayoría de las separaciones no son armoniosas, sobre todo si el motivo de la ruptura es la infidelidad. Muy pocas se dan en buenos términos, aquellas en que los padres intentan transmitir el mensaje de que si bien papá y mamá están alejados, siguen siendo amigos y llevándose bien; que no será necesario llegar a tribunales para acordar, en una patética audiencia, visitas y pensión alimenticia. Bien si resulta, pero esa buena onda se puede ir gastando con el paso del tiempo por diferentes roces, ya sea porque los hijos no están siendo educados por la madre o el padre como quiere el padre o la madre que no está en la casa; o bien por la influencia que comienza a ejercer la nueva pareja de la mamá o el papá.
Aquellos que como David deciden introducirse nuevamente en el amor, notan con más fuerza el cambio; pues no es fácil estrenar en público así como así a la nueva pareja, mirada por la o el ex con recelo teñido de odio, y más todavía por los hijos, que descargan en ella las culpas de todo lo que pasó.
Pero todo esto poco o nada le importó a David pues según su lógica, fue ella quien lo engañó y lo hizo sufrir, y es el quien merece ser feliz con un nuevo amor sincero.
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