POR: MARCELINO ARELLANO

Yo, tenía dos años, vivía en el bosque muy contento con mis hermanos, Hernanis el mayor y Albin el menor, si bien habíamos sufrido recientemente la perdida de nuestra madre por culpa de unos cazadores, nos sentíamos felices porque al menos los tres disfrutábamos de nuestra libertad, caminábamos y recorríamos sin cesar por todo el bosque, desde la aurora hasta el ocaso, todos los días nos levantábamos muy temprano y salíamos a pescar en el lago “Cárper”, por las tardes jugábamos y corríamos sin descansar, porque las mañanas y las tardes eran nuestras, por las noches nos tirábamos a descansar, iluminados por la luna que vigilaba nuestros sueños.
Pero esa felicidad no duró mucho, porque un día llegaron intrusos a nuestro bosque, llegaron con sus jaulas, nos encerraron y nos llevaron a la ciudad, nos vendieron a un circo donde a fuerza de golpe nos enseñaron las piruetas y así perdimos nuestra amada libertad, aquella libertad que poseíamos desde nuestro nacimiento.
Al llegar al circo nos encontramos con un viejo oso que nos dijo: “confórmense, porque nunca el techo y la comida les faltaran, solo exigen que hagamos las piruetas y a los chicos podamos alegrar.”Con esas palabras de bienvenida, no nos quedó otra cosa que obedecer.
Así, pasaron diez años de esa vida, con el circo recorrimos todo los rincones del país, pero nunca pudimos olvidarnos de nuestro bosque, un día, en una de las funciones matinales, a mi hermano mayor Hernanis le llevaron cerca de una niña para que se tomase una foto, él aprovecho esa oportunidad, golpeó y derribó a la niña, logró sacarse la cuerda que tenia alrededor de su cuello, se libró del domador y saltó hacia los asientos, aterró a todo el público, causando un caos total, logró alcanzar la salida y se echó a correr, pero su fuga se interrumpió con en el sonido de una escopeta, una bala impacto contra su cabeza, su cuerpo se desplomó en el suelo, mi hermano menor y yo, solo atinamos a ver como arrastraban su cuerpo, como una señal de advertencia el dueño del circo nos acercó el cuerpo, y así fue la última vez que vimos a nuestro hermano mayor.
Al regresar a las jaulas, un elefante viejo nos dijo: “resígnense, que de aquí no podrán escapar, ya vieron lo que le pasó a su hermano y eso mismo les puede pasar a ustedes si intentan escapar”, con esas palabras poco alentadoras, Albin y yo, volvimos a la vida de encierro.
Entre extrema seguridad, pasaron otros diez años más, con el circo viajamos por todo el continente, seguíamos recordando nuestro bosque, anhelando el día en que volveríamos, por mi parte trataba de hacer las cosas bien, al menos quería mantenerme bien para el día en que volviera a pisar de nuevo mi bosque, aún mantenía la esperanza de que los dueños nos soltarían algún día. Pero mi hermano menor no lo tomó así, cambio su comportamiento, se alejó de mi y se volvió rebelde, se hizo amigo de una pantera, que no tenia buena reputación en el circo, trate de advertirlo pero no me hizo caso, había llegado la quincena del mes, y como todos los meses, siempre nos juntaban a todos los animales en una jaula grande, mientras limpiaban nuestras jaulas personales, el sol del verano azotaba la tarde, todo parecía tranquilo y rutinario, pero no fue así, cerca de la puerta Albin y la pantera comenzaron a pelearse, me acerque para separarlos, pero Albin me botó amargamente, los cuidadores se dieron cuenta de lo que pasaba, abrieron la puerta de la enorme jaula, justo cuando los cuidadores se disponían a cogerlos con las cadenas, Albin y la pantera se abalanzaron contra ellos, los dos echaron a correr, pero la pantera se atoró en la puerta, Albin que estaba dos metros adelante, regresó para ayudarlo, comenzaron a correr de nuevo, cuando a unos 20 metros de recorrido, una de las patas de mi hermano, se quedó atrapado en una trampa de osos, la pantera que estaba dos metros adelante, se detuvo, giró para mirarlo, vio como mi hermano le pedía ayuda, pero la pantera no hizo ningún esfuerzo para auxiliarlo, para ese entonces los cuidadores ya estaban corriendo hacia ellos, uno de los cuidadores cogió su escopeta y disparó a quemarropa, la pantera hecho a correr, dejando atrás a mi hermano, que tuvo mala suerte porque el cartucho del rifle, impactó contra su pecho.
Vi como el cuerpo de mi hermano se retorcía, por tercera vez sufrí la perdida de un ser amado, no me molestó que Albin y la pantera habían planeado ese escape, tampoco me molestó que nunca me confió el secreto, ni mucho menos me molestó que nunca me hicieron parte del plan, lo que en verdad me molestó fue saber que la pantera lo había utilizado, y que nunca se molestó en ayudarlo, cuando Albin estaba atrapado.
Mientras lamentaba la muerte de mi hermano un tigre viejo se me acercó y me dijo: “ríndete, solo quedas tú, y no creo que quieras que te suceda lo mismo que a tus dos hermanos, además aquí tienes de todo, comida y techo no te faltan”.
Han pasado diez años más de esta vida de encierro, con el circo recorrí todo el mundo, pero a pesar de eso nunca pude olvidarme de todo, ni de mis bosques, ni de las mañanas en el lago “Carper”, ni de mí. En un pueblito alejado, alguien se olvidó de poner seguro a mi jaula, en una noche de luna llena, conseguí escapar, dejando así el circo y mi cautiverio.
Mi nombre es Charles y tengo 32 años, vuelvo a pisar el suelo de mi bosque, disfruto del verde de mi libertad, estoy viejo, pero ahora las tardes y las noches son mías, estoy de regreso en mi bosque y estoy contento de verdad. A diferencia de mis hermanos, nunca hice cosas malas, ni tampoco me dejé llevar por otros, conservé la esperanza y no me falló.
Pero esa felicidad no duró mucho, porque un día llegaron intrusos a nuestro bosque, llegaron con sus jaulas, nos encerraron y nos llevaron a la ciudad, nos vendieron a un circo donde a fuerza de golpe nos enseñaron las piruetas y así perdimos nuestra amada libertad, aquella libertad que poseíamos desde nuestro nacimiento.
Al llegar al circo nos encontramos con un viejo oso que nos dijo: “confórmense, porque nunca el techo y la comida les faltaran, solo exigen que hagamos las piruetas y a los chicos podamos alegrar.”Con esas palabras de bienvenida, no nos quedó otra cosa que obedecer.
Así, pasaron diez años de esa vida, con el circo recorrimos todo los rincones del país, pero nunca pudimos olvidarnos de nuestro bosque, un día, en una de las funciones matinales, a mi hermano mayor Hernanis le llevaron cerca de una niña para que se tomase una foto, él aprovecho esa oportunidad, golpeó y derribó a la niña, logró sacarse la cuerda que tenia alrededor de su cuello, se libró del domador y saltó hacia los asientos, aterró a todo el público, causando un caos total, logró alcanzar la salida y se echó a correr, pero su fuga se interrumpió con en el sonido de una escopeta, una bala impacto contra su cabeza, su cuerpo se desplomó en el suelo, mi hermano menor y yo, solo atinamos a ver como arrastraban su cuerpo, como una señal de advertencia el dueño del circo nos acercó el cuerpo, y así fue la última vez que vimos a nuestro hermano mayor.
Al regresar a las jaulas, un elefante viejo nos dijo: “resígnense, que de aquí no podrán escapar, ya vieron lo que le pasó a su hermano y eso mismo les puede pasar a ustedes si intentan escapar”, con esas palabras poco alentadoras, Albin y yo, volvimos a la vida de encierro.
Entre extrema seguridad, pasaron otros diez años más, con el circo viajamos por todo el continente, seguíamos recordando nuestro bosque, anhelando el día en que volveríamos, por mi parte trataba de hacer las cosas bien, al menos quería mantenerme bien para el día en que volviera a pisar de nuevo mi bosque, aún mantenía la esperanza de que los dueños nos soltarían algún día. Pero mi hermano menor no lo tomó así, cambio su comportamiento, se alejó de mi y se volvió rebelde, se hizo amigo de una pantera, que no tenia buena reputación en el circo, trate de advertirlo pero no me hizo caso, había llegado la quincena del mes, y como todos los meses, siempre nos juntaban a todos los animales en una jaula grande, mientras limpiaban nuestras jaulas personales, el sol del verano azotaba la tarde, todo parecía tranquilo y rutinario, pero no fue así, cerca de la puerta Albin y la pantera comenzaron a pelearse, me acerque para separarlos, pero Albin me botó amargamente, los cuidadores se dieron cuenta de lo que pasaba, abrieron la puerta de la enorme jaula, justo cuando los cuidadores se disponían a cogerlos con las cadenas, Albin y la pantera se abalanzaron contra ellos, los dos echaron a correr, pero la pantera se atoró en la puerta, Albin que estaba dos metros adelante, regresó para ayudarlo, comenzaron a correr de nuevo, cuando a unos 20 metros de recorrido, una de las patas de mi hermano, se quedó atrapado en una trampa de osos, la pantera que estaba dos metros adelante, se detuvo, giró para mirarlo, vio como mi hermano le pedía ayuda, pero la pantera no hizo ningún esfuerzo para auxiliarlo, para ese entonces los cuidadores ya estaban corriendo hacia ellos, uno de los cuidadores cogió su escopeta y disparó a quemarropa, la pantera hecho a correr, dejando atrás a mi hermano, que tuvo mala suerte porque el cartucho del rifle, impactó contra su pecho.
Vi como el cuerpo de mi hermano se retorcía, por tercera vez sufrí la perdida de un ser amado, no me molestó que Albin y la pantera habían planeado ese escape, tampoco me molestó que nunca me confió el secreto, ni mucho menos me molestó que nunca me hicieron parte del plan, lo que en verdad me molestó fue saber que la pantera lo había utilizado, y que nunca se molestó en ayudarlo, cuando Albin estaba atrapado.
Mientras lamentaba la muerte de mi hermano un tigre viejo se me acercó y me dijo: “ríndete, solo quedas tú, y no creo que quieras que te suceda lo mismo que a tus dos hermanos, además aquí tienes de todo, comida y techo no te faltan”.
Han pasado diez años más de esta vida de encierro, con el circo recorrí todo el mundo, pero a pesar de eso nunca pude olvidarme de todo, ni de mis bosques, ni de las mañanas en el lago “Carper”, ni de mí. En un pueblito alejado, alguien se olvidó de poner seguro a mi jaula, en una noche de luna llena, conseguí escapar, dejando así el circo y mi cautiverio.
Mi nombre es Charles y tengo 32 años, vuelvo a pisar el suelo de mi bosque, disfruto del verde de mi libertad, estoy viejo, pero ahora las tardes y las noches son mías, estoy de regreso en mi bosque y estoy contento de verdad. A diferencia de mis hermanos, nunca hice cosas malas, ni tampoco me dejé llevar por otros, conservé la esperanza y no me falló.
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