
POR: RAFAEL CÁNEPA ALVAREZ
Érase una vez tres hermanos que vivían en profunda armonía en lo más espeso de un misterioso bosque que limitaba con una larga vereda। El mayor tenía por nombre Eulalio, de tez clara y ojos vivaces, era fornido y un poco inclinado hacia la obesidad, Justino, el segundo, de mirada tierna y enorme corazón, era más delgado y pequeño, de apariencia frágil brazos largos, mientras que, el tercero Aurelio, de alma pura y sonrisa radiante, para ser el menor, era más alto que los que le precedían y tenía el cabello hasta los hombros।
Los tres siempre andaban juntos y no tenían otra preocupación que no sea el bien y la felicidad en la pequeña familia.
Pero la sorpresa llegó cuando un buen día, Eulalio anunció a sus hermanos: “Voy a recorrer el mundo, pues quiero hacer de él un lugar mejor, quiero descubrir como es la vida allá afuera, quiero fundar ciudades que lleven mi nombre, quiero cambiar mi vida y empezaré por salir de este espeso bosque”. Y diciendo esto se marchó, salió y se fue por toda la vereda.
Eulalio era un chico muy listo y es por eso pensaba que si se mantenía despierto y bien atento, que si miraba bien el suelo, nunca tropezaría y por ende no cometería ningún error. Iba de día y de noche, siempre mirando el suelo para no caer, y aunque en un principio le funcionaba, esta posición terminó perjudicando su cuello y después de un tiempo no pudo moverlo más. Así, Eulalio anduvo esclavo de su precaución, y se hizo viejo, tratando de llegar lo más lejos posible, a pesar de que esa posición le obstaculizaba la visión.
Es así como Eulalio, terminó por estancarse y al final de sus días, se dio cuenta de que si no podía mirar más allá por el estado de su cuello, nunca podría avanzar. Y fue así, como el primer hermano terminó su travesía por el mundo.
Fue entonces cuando Justino, el segundo de los tres hermanos, tomó la desición de partir y le dijo a su hermano pequeño: “Voy a recorrer el mundo, pues quiero hacer de él un lugar mejor, quiero descubrir como es la vida allá afuera, quiero fundar ciudades que lleven mi nombre, quiero cambiar mi vida y empezaré por salir de este espeso bosque”. Y diciendo esto, tomó el mismo rumbo que su hermano mayor, marchándose por toda la vereda.
El hermano del medio, era también bastante listo, así que pensó: “Mi hermano Eulalio siempre miró hacia el suelo y por eso que su final fue bastante malo. Yo soy mucho más inteligente, es por eso que no miraré hacia abajo, sino que siempre estaré mirando hacia delante, hacia el horizonte”. Así se echó a andar.
Lo malo de haber tomado una desición “sabia” como esa, fue que como siempre iba mirando hacia delante, Justino nunca pudo ver los baches, piedras y todas esos escabrosos caminos, así que siempre iba tropezando y caía y caía una y otra vez, pasándosela revolcado por los suelos. Y así anduvo de tumbo en tumbo, tratando de llegar lo más lejos que podía, a pesar de que las caídas le retrasaban el viaje.
Y fue así como Justino, terminó por estancarse también, haciéndose viejo y al final de sus días comprendió que si no podía mirar lo que estaba cerca de él por estar observando siempre al horizonte, nunca podría avanzar. Y fue así, como el hermano del medio terminó su aventura en el mundo.
Finalmente, el tercero de los hermanos, Aurelio, al verse solo pensó: “¿Es que acaso yo siempre debo quedarme? ¿Es que acaso debo ser un quedado? Ya tomé mi desición, voy a recorrer el mundo, al igual que mis hermanos, pues quiero hacer de él un lugar mejor, quiero descubrir como es la vida allá afuera, quiero fundar ciudades que lleven mi nombre, quiero cambiar mi vida y empezaré por salir de este espeso bosque”. Y de esta manera, Aurelio se marchó por toda la vereda, siguiendo los pasos de sus hermanos mayores.
El menor, no era menos listo que los dos anteriores, así que se dijo para sus adentros: “Mis hermanos cometieron errores garrafales. Sé que a Eulalio le fue mal por estar mirando siempre abajo, y que a Justino no le fue mejor por mirar siempre hacia delante, así que yo, que soy mucho más inteligente, miraré hacia todos los lados, para no perderme, no malograrme el cuello, ni caerme en los caminos.”
Y así anduvo por bastante tiempo, mucho más tiempo del que anduvieron sus hermanos, con la mirada puesta tanto en el horizonte, como en el camino. Al principio, como a su hermano mayor, le funcionó la jugada, pero cuando llegó el momento en el cual había de sacar conclusiones, de tanto mirar hacia el horizonte y al camino, terminó por extraviarse en su andar.
Y fue así como el tercer hermano tuvo el final que tuvieron sus hermanos, nunca pudo descubrir el mundo, o fundar una ciudad con su nombre, pues su mirada se extravió entre el cielo, el suelo y el horizonte.
Cuando por fin, Aurelio notó de que estaba también equivocado, se dijo: “Al fin he caído en la cuenta de que el objetivo que tenía, el descubrir el mundo, el fundar ciudades con mi nombre, era prácticamente imposible, pues no pude superar los obstáculos que en el camino se presentaron, al parecer, equivocarse el tropezar y perderse, siempre es parte del caminar.”
Lamentablemente tanto para Aurelio, como para sus hermanos mayores, tomaron conciencia de su error, cuando ya estaban viejos, y no podían seguir avanzando en el camino. Fue así como el tercer hermano, el más pequeño, finalizó su caminar por el mundo.
De este modo, los tres hermanos, perdieron su juventud, su tiempo y su vida, caminando, tratando de encontrar un rumbo que, al parecer, les era esquivo, tratando de hacer del mundo un lugar mejor, pero sin darse cuenta de que primero debían ser mejores ellos mismos.
Érase una vez tres hermanos que vivían en profunda armonía en lo más espeso de un misterioso bosque que limitaba con una larga vereda। El mayor tenía por nombre Eulalio, de tez clara y ojos vivaces, era fornido y un poco inclinado hacia la obesidad, Justino, el segundo, de mirada tierna y enorme corazón, era más delgado y pequeño, de apariencia frágil brazos largos, mientras que, el tercero Aurelio, de alma pura y sonrisa radiante, para ser el menor, era más alto que los que le precedían y tenía el cabello hasta los hombros।
Los tres siempre andaban juntos y no tenían otra preocupación que no sea el bien y la felicidad en la pequeña familia.
Pero la sorpresa llegó cuando un buen día, Eulalio anunció a sus hermanos: “Voy a recorrer el mundo, pues quiero hacer de él un lugar mejor, quiero descubrir como es la vida allá afuera, quiero fundar ciudades que lleven mi nombre, quiero cambiar mi vida y empezaré por salir de este espeso bosque”. Y diciendo esto se marchó, salió y se fue por toda la vereda.
Eulalio era un chico muy listo y es por eso pensaba que si se mantenía despierto y bien atento, que si miraba bien el suelo, nunca tropezaría y por ende no cometería ningún error. Iba de día y de noche, siempre mirando el suelo para no caer, y aunque en un principio le funcionaba, esta posición terminó perjudicando su cuello y después de un tiempo no pudo moverlo más. Así, Eulalio anduvo esclavo de su precaución, y se hizo viejo, tratando de llegar lo más lejos posible, a pesar de que esa posición le obstaculizaba la visión.
Es así como Eulalio, terminó por estancarse y al final de sus días, se dio cuenta de que si no podía mirar más allá por el estado de su cuello, nunca podría avanzar. Y fue así, como el primer hermano terminó su travesía por el mundo.
Fue entonces cuando Justino, el segundo de los tres hermanos, tomó la desición de partir y le dijo a su hermano pequeño: “Voy a recorrer el mundo, pues quiero hacer de él un lugar mejor, quiero descubrir como es la vida allá afuera, quiero fundar ciudades que lleven mi nombre, quiero cambiar mi vida y empezaré por salir de este espeso bosque”. Y diciendo esto, tomó el mismo rumbo que su hermano mayor, marchándose por toda la vereda.
El hermano del medio, era también bastante listo, así que pensó: “Mi hermano Eulalio siempre miró hacia el suelo y por eso que su final fue bastante malo. Yo soy mucho más inteligente, es por eso que no miraré hacia abajo, sino que siempre estaré mirando hacia delante, hacia el horizonte”. Así se echó a andar.
Lo malo de haber tomado una desición “sabia” como esa, fue que como siempre iba mirando hacia delante, Justino nunca pudo ver los baches, piedras y todas esos escabrosos caminos, así que siempre iba tropezando y caía y caía una y otra vez, pasándosela revolcado por los suelos. Y así anduvo de tumbo en tumbo, tratando de llegar lo más lejos que podía, a pesar de que las caídas le retrasaban el viaje.
Y fue así como Justino, terminó por estancarse también, haciéndose viejo y al final de sus días comprendió que si no podía mirar lo que estaba cerca de él por estar observando siempre al horizonte, nunca podría avanzar. Y fue así, como el hermano del medio terminó su aventura en el mundo.
Finalmente, el tercero de los hermanos, Aurelio, al verse solo pensó: “¿Es que acaso yo siempre debo quedarme? ¿Es que acaso debo ser un quedado? Ya tomé mi desición, voy a recorrer el mundo, al igual que mis hermanos, pues quiero hacer de él un lugar mejor, quiero descubrir como es la vida allá afuera, quiero fundar ciudades que lleven mi nombre, quiero cambiar mi vida y empezaré por salir de este espeso bosque”. Y de esta manera, Aurelio se marchó por toda la vereda, siguiendo los pasos de sus hermanos mayores.
El menor, no era menos listo que los dos anteriores, así que se dijo para sus adentros: “Mis hermanos cometieron errores garrafales. Sé que a Eulalio le fue mal por estar mirando siempre abajo, y que a Justino no le fue mejor por mirar siempre hacia delante, así que yo, que soy mucho más inteligente, miraré hacia todos los lados, para no perderme, no malograrme el cuello, ni caerme en los caminos.”
Y así anduvo por bastante tiempo, mucho más tiempo del que anduvieron sus hermanos, con la mirada puesta tanto en el horizonte, como en el camino. Al principio, como a su hermano mayor, le funcionó la jugada, pero cuando llegó el momento en el cual había de sacar conclusiones, de tanto mirar hacia el horizonte y al camino, terminó por extraviarse en su andar.
Y fue así como el tercer hermano tuvo el final que tuvieron sus hermanos, nunca pudo descubrir el mundo, o fundar una ciudad con su nombre, pues su mirada se extravió entre el cielo, el suelo y el horizonte.
Cuando por fin, Aurelio notó de que estaba también equivocado, se dijo: “Al fin he caído en la cuenta de que el objetivo que tenía, el descubrir el mundo, el fundar ciudades con mi nombre, era prácticamente imposible, pues no pude superar los obstáculos que en el camino se presentaron, al parecer, equivocarse el tropezar y perderse, siempre es parte del caminar.”
Lamentablemente tanto para Aurelio, como para sus hermanos mayores, tomaron conciencia de su error, cuando ya estaban viejos, y no podían seguir avanzando en el camino. Fue así como el tercer hermano, el más pequeño, finalizó su caminar por el mundo.
De este modo, los tres hermanos, perdieron su juventud, su tiempo y su vida, caminando, tratando de encontrar un rumbo que, al parecer, les era esquivo, tratando de hacer del mundo un lugar mejor, pero sin darse cuenta de que primero debían ser mejores ellos mismos.
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