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miércoles, 5 de marzo de 2008

Fábula de los tres hermanos

Cuando fue a hacerse su primera ecografía, Marisol no cabía en su pellejo de contenta. Abandonada y endeudada, sonreía mientras ingresaba al hospital y siguió sonriendo cuando en la pantalla vio tres renacuajos alojados en su cálido vientre. “La felicito señora, los tres corazoncitos laten vigorosamente. Es increíble que a sus treinta y ocho años haya logrado concebir tres angelitos. Un verdadero milagro”.

El embarazo de Marisol más que milagroso fue promotor de maravillas: sus ojos pardos se volvieron cual esmeraldas, le llovían pretendientes y los lazos entre ella y sus padres se estrecharon al punto de irse a vivir con ellos nuevamente. Y allí, en la habitación que la había visto crecer, nacieron Xohan, Alberto y Rodrigo, uno tras el otro, como si estuvieran apurados por vivir. Los llantos destemplados de los trillizos inundaron la vieja casona y los corazones de los vecinos, quienes no tardaron en visitarlos, cada quien con un obsequio bajo el brazo. La suerte, parece, les empezaba a sonreír temprano.

Al cabo de un año, se celebraba por partida doble en la casa de los Pereira: el primer cumpleaños de los trillizos y la boda de Marisol con Antonio Molina, un cincuentón bastante atractivo que la amaba hasta el tuétano y quería a los niños como si fueran suyos. Resuelto el problema de la figura paterna, Marisol se sentía más tranquila porque sus hijos crecerían en el seno de una familia feliz y decente, y, por tanto, se convertirían en hombres de bien. “Es una suerte que Antonio los quiera tanto y les sirva de buen ejemplo de vida. Lo mejor que pudo hacer el gandul de su padre fue abandonarnos. Hubiera sido un pésimo ejemplo para mis niños amados” me dijo alguna vez con ojos llorosos. Desgraciadamente los genes son más fuertes que cualquier modelo ideal.

Las diferencias fisonómicas y psíquicas entre los hermanos siempre fueron bastante notorias y con los años se acrecentaron más. Xohan, quien fue siempre el promotor de las travesuras y las rebeliones, era manipulador por naturaleza. Independiente y seguro de sí mismo, su baja estatura jamás fue impedimento para ser líder. Siempre fue sumamente desenvuelto, diría que hasta cínico, y es que tenía una mirada pícara color esmeralda, que, con los años, aprendería a utilizar para conquistar jovencitas. Que duda cabe, era el más guapo y fornido de los tres y el más peligroso también.

Rodrigo, el menor, era la cara opuesta de la moneda. Tímido, inseguro y soñador, se pasaba el tiempo pensando y cuestionándose hasta los más mínimos detalles de su vida. Pero por más que cuestionaba las descabelladas ocurrencias de Xohan, siempre se dejaba convencer y terminaba metido en líos de los cuales le era difícil escabullirse. Rodrigo se caracterizó desde siempre por su nobleza y buen corazón, cualidades que eran motivo de orgullo de su madre.

Pero si Rodrigo y Xohan son polos opuestos, Alberto es la línea del ecuador que pasa justo por la mitad. Siempre fue un ni fu ni fa, un término medio, un comodín. N podría decirse que era pendenciero como su hermano mayor ni pasivo como el menor. El estaba en el justo medio, tratando de complacer a todos para no romper el equilibrio.

A pesar de sus marcadas diferencias, los tres hermanos fueron muy unidos y en muchas ocasiones, cómplices. Se respetaban y se ayudaban entre sí para tranquilidad de Marisol y Antonio. Pero el destino, en ocasiones cruel y despiadado, no tardaría en ponerlos a prueba. Tres semanas después de cumplidos los veintidós años, estalló una guerra civil en la capital. Comunistas y demócratas, compatriotas al fin y al cabo, se mataban entre sí por cuestiones de poder. El pueblo donde vivían no escaparía de la violencia y se volvería una trinchera más del demencial conflicto. La tragedia no tardó en llegar: acribillado sin motivo, don Antonio Molina murió en la puerta de su casa ante la mirada atónita de Marisol. Aquel día, el corazón de Marisol dejó de latir junto con el de su esposo.

Los trillizos también lloraron la muerte de Antonio, la lloraron como se llora la muerte de un padre amoroso, de un mentor insustituible, de un amigo incondicional. “Nos han arrancado el corazón, nos han matado en vida. ¿Quién ha sido capaz de acto tan cobarde?” sollozó Rodrigo mientras abrazaba a su desconsolada madre en el cementerio. “Fueron esos cerdos comunistas. No creen en Dios, ¡Que puedes esperar de esos!” exclamó Xohan frunciendo el seño. Rodrigo, quien unos meses atrás se había convertido al marxismo, se enfureció como nunca, escupió la cara de Xohan, dio media vuelta y se marchó para nunca más volver. En esos instantes, Marisol se desmayó en los brazos de Alberto, quien fiel a su carácter, permaneció impávido echándole aire a su madre con la mano. “Huye cobarde –gritaba Xohan mientras se limpiaba el gargajo de la cara- que yo estoy dispuesto a defender a mi patria de esos cerdos asesinos, bastardos comunistas que nos han destrozado la vida”.

Al día siguiente, Xohan se enlistó en el ejército y partió hacia la capital decidido a exterminar al partido comunista en su totalidad. Sus cartas llegaban religiosamente cada quince días hasta que le dieron de baja y lo mandaron a su casa. La seguridad que algún día lo caracterizó la dejó en el campo de batalla junto con su pierna izquierda. Xohan no volvió a ser el mismo, aunque jamás perdió su calidad de líder, la luz de sus ojos de esmeralda se apagó para siempre.

La guerra civil duró casi dos años, pero la locura de Antonio durará lo que le quede de vida. Por vivir reprimiendo tanto sus sentimientos como sus pensamientos, en su bendito afán por mantener el equilibrio, perdió el suyo. Atrapada entre lo que es y lo que debe ser, su mente existe en un mundo paralelo, hecho a su justa medida, donde todo responde a un orden universal inalterable, que sólo Alberto construye, deconstruye y reconstruye con sueños, fotos, palitos de fósforo y goma.

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